La Vanidad y la Arrogancia; una irrealidad común

Hoy en día, en el mundo que nos rodea es muy común que observemos varias expresiones de patología mental sin que nos detengamos un instante a reflexionar en ellas; unas de las más comunes son justamente la Vanidad y la Arrogancia. Basta con que encendamos el televisor, entremos a Internet o consultemos cualquier periódico y observemos que existen una gran cantidad de actitudes  que tienen que ver con ser bello, poderoso, exitoso, rico o superior a los demás; y parece también que, no nos hemos detenido a pensar un momento que esto puede ser una expresión de psicopatía con claras consecuencias para nuestra persona.

La vanidad, que podemos entender como aquella persona que continuamente quiere ser admirada, ha existido quizá desde nuestro origen. Es fácil recordar decenas de novelas desde los Griegos hasta nuestros días que hacen referencia al interés del hombre por ser bello y admirado. Incluso no podemos olvidar que la Vanidad es uno  de los pecados Capitales. Sin embargo, en nuestro tiempos da la impresión que ser bellos o admirados a dejado de ser pecado, y por el contrario,  es casi una obligación ciudadana. Cuantas recomendaciones de imagen, cambios de moda, clínicas de belleza, nos llegan a nuestros oídos a lo largo del día. Siempre hay quien nos dice que cambiemos de perfume o de desodorante, que tenemos que ser saludables, esbeltos o estar a la moda. La belleza pareciera ser una nueva imposición externa, casi como pagar impuestos o respetar las leyes. La necesidad de belleza y poder no respeta genero, clase social o nivel educativo. En nuestra concepción actual de belleza se incluye un marcado rechazo por lo típico o lo viejo. Gracias a esta imposición externa, los viejos tienen que fingir una apariencia de jóvenes eternos, como si lo bello se hubiera convertido en la totalidad de la vida, como si la única razón de nuestra existencia fuera cultivar nuestra fascinación por nosotros mismos.  La vanidad o el afán de ser admirados se mantiene incluso hasta en estados de enfermedad grave o estrés extremo; es como si se creyera que al perder la imagen que los demás tienen de nosotros pudiéramos morir. Esto puede traer consecuencias importantes para nuestra vida mental.

Con la arrogancia sucede algo semejante, porque intentamos continuamente mostrarnos mucho más inteligentes, poderosos o exitosos de lo que realmente somos. Con la arrogancia intentamos olvidar que los seres humanos somos vulnerables, que podemos enfermar o fracasar, que podemos ser rechazados o tener limitaciones a nivel físico, económico o sentimental; la arrogancia nos hace creer equivocadamente que somos omnipotentes o inmortales, de cierta manera ambas expresiones nos hacen perder contacto con la realidad.

A este respecto algunos psicoanalistas han hecho opiniones muy interesantes. Uno de ellos es Donald Winnicott, psicoanalista ingles, que consideraba a la vanidad como una defensa de los sentimientos de: “futilidad y desesperanza”, es un intento por olvidar que somos vulnerables, limitados y en ocasiones indefensos, situaciones en las que muy rara vez queremos pensar, pues pensar no es agradable pero como veremos, es necesario.

En nuestra sociedad vivimos con falsas promesas por lo nuevo y por lo que está de moda, es como sí teniendo dinero en nuestras manos tuviéramos la garantía de nuestra felicidad y  además pensáramos,  que nada ni nadie nos lo puede arrancar. En verdad llegamos a creer que ese objeto que compramos nos llenará de virtudes, capacidades o logros personales y de este modo intentamos olvidar nuestra fragilidad o desamparo. Justamente  Winnicott, nos diría que la vanidad es un intento por ocultar carencias de nosotros mismos que no queremos aceptar, que la arrogancia es un modo de alejar de nuestra conciencia una realidad que nos puede parecer vergonzosa o dolorosa. Podemos entonces inferir,  que el tamaño de nuestra vanidad y arrogancia es el de nuestro propio vacío personal.  Es por esto que decimos  que la vanidad y la arrogancia es un intento por rechazar nuestras frustraciones y nuestra realidad.

Otro psicoanalista muy importante para nuestro tiempos, Wilfred Bion, considera a la arrogancia como:“una verdadera ruina de la psique” o como: “una catástrofe psicológica”; pues en la arrogancia y en la vanidad predomina una distorsión de la realidad en aras de mantener una imagen ideal que se tiene de sí mismo; es como si nosotros prefiriéramos actuar en función de lo que nos imaginamos en nuestra mente en vez de actuar en función de lo que sucede en nuestro exterior, o sea  en nuestra realidad.  La vanidad y la arrogancia son intentos cosméticos por cambiar nuestro verdadero acontecer. Es un intento psicológico muy primitivo, nos diría Bion,  que está centrado en la imagen y en nuestros ideales, éstas actitudes no nos permiten comunicarnos de manera directa y creativa con los demás, sino que es una comunicación “mutilada” que empobrece a nuestra persona y nuestras relaciones sociales y afectivas.  Es por eso que es una catástrofe de nuestra psique.

En un momento extremo podríamos decir que la vanidad y la arrogancia son manifestaciones de estados confusionales, despersonalización  o de alucinación puesto que el manejo de la realidad es pobre y nos intentamos relacionar con los demás a partir de “fragmentos” de imágenes mentales; es decir, nos pensamos a nosotros mismos parcialmente sin asumirnos en determinado lugar, construimos una relación por los objetos que imaginamos poseer  y no con lo que realmente somos. La vanidad y la arrogancia es un tipo de “satisfacción alucinada” creyendo que nuestra realidad psicológica es diferente por el simple hecho de pensar que  nuestras vestimenta nos hace distintos o nuestra cuenta bancaria nos hace otro tipo de personas.

La salud mental no se trata en absoluto de vivir en la satisfacción  de manera  casi alucinatoria, sino lo más cercano posible a lo que es real, aunque en ocasiones nos resulte desagradable. Dicho en otras palabras, la vanidad y la arrogancia son expresiones patológicas porque motivan el autoengaño, las relaciones no están basadas en la verdad sino en una ficción,  y sobre todo,  la vanidad y la arrogancia es un factor que destruye la comunicación con los demás, mutila la creatividad e impide el aprendizaje. En pocas palabras, la vanidad y la arrogancia son expresiones humanas que lastiman lo humano haciéndonos creer que lo realzan.

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